Hasta entrado el siglo XVIII, no se vio en el Crucificado la corona de espinas

La Iglesia tiene el deber de vigilar sobre las nuevas devociones y las nuevas imágenes, y en este terreno debemos confesar que no han sido atendidas sus indicaciones ni por el artista, que concibió la nueva forma, ni por el pueblo, que, entusiasmado con ella, la reclamaba.

Y esto es quizás lo sucedido con la Imagen de Cristo en la Cruz, coronado de espinas.

Los Evangelios nada nos dicen que Cristo la llevara en la cruz, y el hecho rufianesco de los soldados de así coronarle, no parece probable fuera tenida en cuenta en las formalidades de la ejecución, hechas por la autoridad romana. El Evangelio nos dice que fue Cristo Crucificado desnudo de sus vestiduras, sin ninguna excepción; y un detalle, tan ignominioso y tan doloroso como éste, no lo hubiera silenciado.

Y ¡caso además singular!, hasta el siglo XIII, jamás había sido Cristo crucificado representado de esta manera. Fue por entonces una innovación, pero de la que ni siquiera pudieron darse cuenta, por la forma con que se verificó.

En el arte, hay una continua propensión al avance y renovación, y, naturalmente, se cumple también en el arte litúrgico. Ningún artista genial se contentará con representar sus santos de la misma forma que lo hicieron los demás. Él tiene que poner su nota genial y personalista.

Cristo en la Cruz litúrgica venía siendo representado con Corona de Majestad. ¡Qué hermoso conjunto de Crucifijos Majestad reúnen los museos! Primero, fue la corona almenada lo que prevaleció; pero, a poco, sujeta como el resto de la imagen a las corrientes de renovación,

y sin duda porque el ambiente europeo se encontraba en dicha época saturada de arabismo, aparece luego moldeada al modo de turbante, algo a lo Saladino. Célebre es entre estos Crucifijos el Cristo del Cid, en la catedral de Salamanca. Pero, al continuar su evolución, llega un instante, en que la corona no es ya la del Cristo del Cid, sino algo que la recuerda y que lo mismo puede ser una corona de espinas. Así sucede en el devotísimo de Javier, de Navarra, en quien no podremos decir, después de contemplarlo, si lo que lleva es corono de espinas o es un sencillo turbante.

En conclusión, que la corona de espinas no se vio en el Crucifijo hasta entrado el siglo XIII. Diecisiete siglos de Cristianismo en contra de la corona de espinas, creo deben tener alguna fuerza en contra de la innovación.

Que ¿por qué fue admitida, no teniendo fundamento histórico? Suele volar libremente el arte, y difícil es sujetarlo a lo meramente histórico, lo mismo que el libre soñar de los devotos cuando sueñan en cuadros de piedad y escenas devotas.

El control de la Iglesia sobre toda imagen nueva debe ser continuo y eficaz, so pena de multiplicar casos como éste, en que queda mal parado el relato evangélico y mucho más la tradición. El Renacimiento estaba enamorado de lo bello, y para él siempre pesó más en su balanza lograr una forma bella que no lograr una verdad histórica.

Y, ciertamente; al contemplar el Santo Cristo de Mesa, en Limpias, no podemos menos de admirar una bellísima estampa, en que las espinas de la corona, clavándose en la frente del Salvador, lo constituyen como verdadero Rey del Dolor.

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